Diario de Meagle Martín.
21/01/1925 (22/04/2005)
La visita de la pasada noche (del 19 al 20 de enero) a los almacenes del puerto de ayer nos ha vuelto a dejar a los miembros de la expedición en un estado físico y psicológico lamentable.
La finalidad de esta nueva incursión era investigar de una manera más o menos discreta el almacén que tenía alquilado en el puerto el/los dueños de la tienda del Dju-Dju (mi cerebro está todavía un tanto frenético, y no consigo recordar con soltura todos los nombres). Fuimos al almacén el policía Jeremías, el ratero Joe "ganzuas" , el padre Adrian y yo mismo.
Tras intentar deshacernos de los tres vigilantes del puerto de una manera sigilosa, nos descubrieron y empezaron a dispararnos. Tras este tiroteo, en el que conseguimos deshacernos de los tres o cuatro vigilantes, el padre Adrian dijo que debía rezar y encontrar pronto un lugar donde rezar, para tal vez conseguir, tal vez, el perdón divino.
En el almacén había un montón de cajas llenas de algodón sin importancia y lo que parecía ser un extraña máquina metálica con una apertura con un símbolo oriental dibujado encima y una palanca en un lateral. Sus dimensiones eran aproximadamente de 3x3x2 metros de altura. Parecía que todo el cuerpo de la máquina estaba hecho de un solo cuerpo, sin que hubiese juntas ni remaches en toda su superficie. Acompaño la presente página con las fotografías de la máquina que tomé.
Al acercarnos para ver de cerca la máquina descubrimos a un negro amordazado. Según su versión, era el verdadero vigilante del almacén, pero no tenía recuerdos de lo que le pasó. Tras reponerse del shock, empezó a pedir explicaciones, así que entre verdades y mentiras, conseguimos convencerle de que nos dejase echarle un último vistazo a la máquina antes de que cerrase el almacén, antes de que le acompañasemos al hospital y a dar parte a sus jefes. El interior de la máquina era un habitáculo sin juntas en su superficie, como el exterior (ver fotos). Metí una bala de algodón accioné la palanca exterior. Inmediatamente después, empecé a sentir nauseas y vomité.
Tras volver a colocar la palanca en su posición original, la bala de algodón estaba como al principio. No recuerdo muy bién por qué pero Jeremías, vovió a accionar la palanca, con los mismos resultado. Y cuando ya nos ibamos, Joe Ganzua no pudo dejar de vover a hacerlo, una
vez más con idénticos resultados. (Éste y otros extraños comportamientos de Joe me llevan a pensar que tiene un fuerte componente femenino en su personalidad).
A partir de este momento comenzaron nuevos fenómenos extraños que me hacen dudar de si me encuentro ante una extraordinaria noticia detrás de la que se esconde una poderosa organización o junto a un grupo de locos de remate. El caso es que cuando nos dirigíamos hacía
el coche, una espesa niebla empezó a cubrirlo todo, desorientándonos hasta el extremo de que perdimos el contacto visual entre nosotros.
Empezamos a intentar localizarnos por las voces, pero en ese momento oí a Jeremías gritar y decir que los demonios le atacaban. Joe también empezó a sufrir alucinaciones con perros negros. Yo mismo veía sombras negras moviendose a gran velocidad alrededor mio. Tras esto
sufrí lo que posteriormente el Dr. West ha diagnosticado como un infarto. A pesar de todo conseguí recuperarme y oí un disparo, creo que de Jeremías, diciendo que los demonios le acosaban, diciendo que era Mukunga, que Mukunga estaba armado. Intenté localizarlo, pero me disparó, sin llegar a darme, en cuanto me acerqué, profiriendo insultos hacia mí que no me atrevo a reproducir en estas notas. Creía que yo mismo era uno de los demonios que le atacaban. Yo empecé a oir la voz de Jeremías proviniente de varios sitios, así como la de Mukunga.
Cuando ví aparecer a Mukunga armado vacié mi cargador sobre él y volvió a desaparecer. Inmediatamente volvió a aparecer por otro lado y desarmado completamente. Dado mi estado de indefensión, decidí que ya que yo estaba prácticamente muerto, lo único que podía hacer era
confiar en la posiblidad de que alguien o algo nos estaba haciendo sufrir este estado alucinatorio y era el verdadero Mukunga el que, en este momento, tenía frente a mí. Se mostró cooperante, así que, con su ayuda, tracé un plan para inmovilizar a Jeremias y a Joe. No fue necesario, porque Jeremías vació su cargador sobre Joe, al que dejó inconsciente. Fue relativamente fácil dejar a Jeremías fuera de juego una vez sin balas.
Tras esto fuimos a ver al Dr. West a su casa. El panorama allí era desolador. Un ejercito de tullidos y lisiados es en lo que nos hemos convertido. Estoy pensándome vender las fotos como un reportaje recopilatorio de las secuelas que la Gran Guerra dejó en nuestra sociedad. Mukunga se ha unido a nosotros. No me fío de él, pero total uno más... Le pagaré un sueldo en calidad de guardaespaldas.
Tras atendernos y prescribinos reposo absoluto, Jeremías, el periodista Harvey Dent (ya que no ponías el nombre lo he puesto yo, Charlie) , y el Dr. West se fueron a hablar con el Dr. Adrian Ferry para ver si les dejaban ver las notas del Dr. Robert Houston. No se lo permitió. La importancia de estas notas reside en que el Dr. Houston fue psiquiatra de Carlyle y Jackson Elías menciona en sus notas que tuvo los mismos sueños que Carlyle. Tras la negativa de el Sr Ferry,
decidimos que lo mejor era pedirle autorización a la hermana de Carlyle, Erica, diciéndole que teniamos una evidencia de que el guardaespaldas de su hermano, Jack Brady, había sido visto en Shangai, tal como afirma Elías en sus notas.
Por otro lado, hemos empezado a preparar el viaje a nuestros siguientes destinos, siguiendo los pasos de la expedición Carlyle. El primer destino será Londres y después El Cairo y Mombasa, así que hemos empezado a recopilar información de todos estos lugares. Hoy, día 21, hemos concertado con el editor de Jackson Elías la financiación del viaje. Nos dará la generosa contidad de 5.000$.
Estoy sumido en un mar de dudas. ¿Si al grupo de Carlyle, formado por expertos, le pasó lo que le pasó, que nos pasará a nosotros que no somos más que un grupo de aficionados?